El 17 de abril de 2026, Oscar Schmidt, también conocido como la “Mano Santa”, falleció. La plataforma 1xBet TV te cuenta la historia de esta leyenda del baloncesto.
Para entender realmente la escala del legado del brasileño, no basta con fijarse únicamente en las estadísticas, sino entender también la obsesión que tenía con el baloncesto. Se decía que no se iba del entrenamiento hasta que no hubiera metido 500 triples. Los números de Oscar son asombrosos, ya que obtuvo 49.737 puntos a lo largo de su carrera y no fue superado hasta abril de 2014 por LeBron James.
Oscar comenzó a jugar baloncesto a los 13 años. Antes de eso, como muchos chicos brasileños, le gustaba el fútbol, pero no fue hasta que comenzó a crecer rápidamente de estatura que se cambió a otro deporte. Nunca podía tener suficiente — se retiró a los 45 años y mucho antes de LeBron, llegó incluso a jugar una temporada en el mismo equipo de su hijo.
Por qué nunca llegó a la NBA
Oscar Schmidt recibió varias invitaciones para participar en la NBA, incluso antes de 1984, cuando los New Jersey Nets se lo llevaron. En ese momento, él ya tenía 26 años, pero de acuerdo con noticias deportivas, el club estaba dispuesto a esperarlo.
Con 205 cm de altura, podía jugar tanto de alero como de ala-pívot. En la primera posición, era físicamente mucho más fuerte que sus oponentes y, en la segunda, era bastante más rápido.
A pesar de esto, en ese momento las reglas de la FIBA prohibían a los jugadores de la NBA competir en sus selecciones nacionales; es por esto que Oscar optó por representar a su país y usar la camiseta amarilla y verde en las Copas Mundiales y en los Juegos Olímpicos. Estuvo cinco veces en los Juegos Olímpicos, incluyendo la época en que por fin se les permitió a los jugadores profesionales de la NBA participar.
Luego de retirarse, los representantes de la NBA invitaron en repetidas ocasiones a Schmidt a dar conferencias en los campamentos de atletas prometedores y a los jugadores jóvenes les costaba creer en sus logros estadísticos cuando se enteraban.
Momentos de gloria
Hay dos partidos en particular que evidencian la magnitud del talento del brasileño.
El primero fue en la final de los Juegos Panamericanos de 1987 en Indianápolis. Oscar y sus compañeros iban 14 puntos por detrás de Estados Unidos al final de la primera mitad; sin embargo, lograron remontar y obtener la victoria, con Schmidt anotando 46 puntos. Esta fue la primera derrota en casa en la historia de la selección nacional de Estados Unidos que en ese momento era representada por los mejores jugadores universitarios liderados por David Robinson. Esa derrota, junto con su fracaso en los Juegos Olímpicos de Seúl, se convirtió en el catalizador para la creación del Dream Team.
El segundo gran partido de la carrera de Oscar fue el cuarto de final de esos mismos Juegos Olímpicos de Seúl. Schmidt volvió a marcar 46 puntos, esta vez contra los eventuales campeones. Brasil estaba liderando antes del descanso, pero acabó perdiendo ese partido. No obstante, no hubo quejas para Schmidt: tuvo un promedio de 42,3 puntos por partido en el torneo.
A veces, Oscar era criticado por centrarse demasiado en el ataque, pero el líder de la Selección brasileña fue muy claro: él no estaba ahí para quedarse sentado. El jugador de baloncesto, que se convirtió en el máximo anotador olímpico entre 1988 y 1996, tenía todo el derecho a manifestarse.
Legado más allá de la cancha
Su influencia se extendió mucho más allá de Sudamérica. Un joven Kobe Bryant, cuyo padre estaba jugando en Italia al mismo tiempo que Oscar, creció viendo jugar al brasileño. Más adelante, Bryant admitió que Schmidt era su ídolo y un modelo a seguir en cuanto a su enfoque en el entrenamiento.
Schmidt tuvo grandes actuaciones en Italia, España y Brasil y se convirtió en el máximo anotador de todos los equipos en los que jugó. Cuando el deportista fue incluido en el Salón de la Fama del Baloncesto, Larry Bird, quien propuso a Oscar, calificó al brasileño como uno de los mejores de todos los tiempos.
A veces no hace falta jugar en la NBA para dejar huella en la historia de este deporte. Oscar Schmidt es la prueba perfecta de que no todos los grandes jugadores de baloncesto tienen que competir en la misma liga.
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