La noche del 9 de septiembre de 2025, cuando Miguel Terceros transformó un penal en gol dentro del añadido del primer tiempo, medio país se quedó sin voz al mismo tiempo. En el Estadio Municipal de El Alto, a 4.150 metros sobre el nivel del mar, la Verde le ganaba 1-0 a Brasil y, con la caída de Venezuela por 6-3 ante Colombia en Maturín, se quedaba con el último billete al repechaje del Mundial 2026. En ese instante volvió a quedar claro cuál es el verdadero pasatiempo nacional, porque no hubo plaza, mercado ni oficina en la que no se celebrara aquel tanto como si fuera propio.
Y es que, si algo define el tiempo libre de los bolivianos, es el fútbol, ese que se juega descalzo en las canchas de tierra del altiplano y el que se sufre frente al televisor cuando la selección se juega algo grande. Aquella hazaña ante la Canarinha no fue apenas un resultado deportivo, sino la confirmación de una afición que llevaba desde Estados Unidos 1994 esperando volver a ilusionarse de verdad, un ayuno mundialista que había convertido cada eliminatoria en una montaña rusa emocional para el hincha.
El desafío que venía por delante, eso sí, era mayúsculo, dado que la Verde llegaba a la repesca ocupando el puesto 76 del ranking FIFA y con el cartel de candidata más modesta entre las seis selecciones en liza.
Esa condición de tapada la respaldaban también los pronósticos previos que se elaboraban con las apuestas deportivas en Bolivia, un seguimiento técnico que, con datos y cuotas verificables a la vista, ubicaba a la selección de Óscar Villegas por detrás de rivales como Irak y dejaba a Surinam como el escollo inicial más asequible del cruce. Era un diagnóstico frío y transparente que el equipo, de todos modos, se propuso discutir sobre el césped.
Del milagro de El Alto a la despedida de Monterrey
Aquella clasificación, la primera vez que Bolivia peleaba por el pase al repechaje en la era moderna, reordenó la agenda de millones de hinchas durante meses, porque de repente marzo dejó de ser un mes cualquiera para transformarse en la cita más esperada del calendario. En los barrios de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz la conversación giraba en torno a las mismas dudas: quién atajaría, quién llevaría la cinta y hasta dónde alcanzaría el envión de aquella noche del altiplano.
Ya en marzo de 2026, la ilusión se trasladó al Estadio BBVA de Monterrey, ese que los hinchas rebautizaron como el Gigante de Acero. El 26 de marzo, frente a Surinam, la Verde firmó una agónica remontada que la metió en la final del repechaje por 2-1, y desde Santa Cruz hasta La Paz las pantallas volvieron a ser el centro de la reunión familiar.
El sueño, sin embargo, se apagó apenas cinco días después. El 31 de marzo, en ese mismo escenario de Monterrey, Irak se impuso por 2-1 y le arrebató a la Verde el último boleto al Mundial de Estados Unidos, México y Canadá. Bolivia volvió a casa con las manos vacías y con la sensación amarga de haber estado a un solo partido de la gloria. Pero también regresó con la certeza de que el país entero había vuelto a latir al ritmo de su selección, y eso, para una nación futbolera, no es poca cosa.
Más allá de la pelota
Reducir el ocio boliviano al fútbol, de todos modos, sería quedarse corto, porque en las alturas y en los valles conviven pasatiempos que también nos definen. El raquetbol, sin ir más lejos, se ha convertido en una fuente de alegrías: en 2025, Conrrado Moscoso se colgó el oro en los World Games de Chengdú, en China, y ratificó a Bolivia como potencia mundial de una disciplina que aquí se juega en cada club de barrio, con raqueta prestada y mucho corazón.
A esa lista se suman el wally, el ciclismo en el velódromo más alto del planeta, las caminatas por los Yungas y las tardes de cueca y música en las fiestas patronales, formas de pasar el tiempo tan bolivianas como la propia pichanga del domingo entre amigos. Aun así, ninguna mueve tantas masas como el balompié, y no es casualidad que buena parte de la conversación pública siga girando en torno a el proyecto de la Verde y su horizonte rumbo a 2030, una charla que no se apaga ni siquiera en temporada baja.
Y quizá ahí esté la verdadera moraleja de toda esta temporada. Los pasatiempos favoritos de los bolivianos no se miden por los títulos conquistados ni por las clasificaciones alcanzadas, sino por su capacidad de juntar a la gente, porque una cancha de tierra, una raqueta gastada, un televisor viejo y una bandera tricolor bastan para que el país se detenga en seco. La Verde se quedó a las puertas del Mundial, pero el fútbol, igual que cada uno de esos entretenimientos que nos representan, seguirá siendo el lenguaje común con el que Bolivia celebra, sufre y vuelve a empezar cada domingo.

