La victoria de la Real Sociedad en el Coliseum no fue solo una cuestión de fútbol ni de talento, que lo hay y en mayor medida que en el rival. Fue, sobre todo, una cuestión de competir. Ante un Getafe limitado en piezas y recursos, pero experto en incomodar, la Real entendió desde el primer minuto que el partido no se iba a ganar solo con balón, sino igualando -o superando- el nivel de agresividad, duelos y sacrificio que exige ese escenario. Y lo hizo. Esa es la gran noticia más allá del resultado.
El equipo de Matarazzo asumió que la diferencia de calidad solo podÃa aflorar si antes se pasaba por el barro. Turrientes fue el mejor ejemplo: firme en los choques, atento en las vigilancias, cortando transiciones y dando equilibrio cuando el partido se rompÃa. A su lado, Jon MartÃn y Caleta-Car sostuvieron el bloque. La mejora más significativa, quizá, estuvo arriba. En un campo donde muchas veces los atacantes se desconectan si no reciben balones limpios, los hombres ofensivos de la Real entendieron que habÃa que ayudar. Guedes peleó cada balón como si fuera el último, Kubo firmó un ejercicio defensivo enorme hasta el descuento, y Oyarzabal no se guardó ni un esfuerzo, presionando, bajando a recibir y liderando desde el ejemplo. Esa solidaridad colectiva es una de las claves de este triunfo.
La Real no ganó porque fuera brillante, que también, sino porque fue competitiva. Porque supo sufrir, porque no se cayó tras el golpe del empate y porque creyó hasta el final. Este tipo de partidos dicen mucho más de un equipo que cualquier posesión o estadÃstica. Aquà hay una base clara sobre la que construir.

