El fútbol tiene una memoria extremadamente corta. Hace apenas un mes, la Real transitaba por un tramo en el que dominaban la duda y la irregularidad, un periodo donde resultaba difÃcil imaginar una racha como la actual o una puesta en escena tan firme ante un rival de tanto nivel. Y sin embargo, la mejora ha sido evidente: en ritmo, en confianza, en competitividad y en sensación de equipo. Lo que antes parecÃa improbable hoy se ha convertido en una versión reconocible, capaz de sostener partidos de máxima exigencia sin perder la identidad. Ese salto es real, y conviene no olvidarlo.
Porque al otro lado estaba el Villarreal, y eso condiciona cualquier análisis. No se trata de un rival más: vive el mejor inicio liguero de su historia, juega con una velocidad y una claridad que muy pocos equipos pueden igualar, y se mueve ya en la zona donde solo aparecen Madrid y Barça. Competir ahà arriba requiere un nivel altÃsimo. Y aun asÃ, la Real le igualó durante muchos tramos, respondió golpe a golpe e incluso tuvo momentos en los que el 3-2 estuvo al alcance. Que eso ocurra ante un adversario tan afinado explica mejor que nada el crecimiento del equipo.
Al final, el partido se decidió en tres acciones aisladas, tres detalles donde el Villarreal impuso su talento diferencial. Esa es la distancia actual: pequeña, concreta, pero existente. Aun asÃ, la Real sale fortalecida. Porque más allá del resultado, mostró la solidez de un equipo en ascenso, cada vez más preparado para competir contra los que viven un peldaño por encima. Y eso, hace apenas unas semanas, parecÃa ciencia ficción. Hoy es una realidad. La Real estuvo a un palmo del cielo. Quizás también de la mentira y del engaño, porque creerse y verse a la altura del Villarreal en el marcador, aunque pudo ser una realidad, serÃa poco verdadera.

