Todos los indicios convidan a pensar que el Barça se topara en la recta final de la presente Liga con el imponderable arbitral dispuesto a favorecer al de siempre. Esos indicios van desde lo ocurrido con Gil Manzano en Anoeta, pasando por MartÃnez Munuera ante el Oviedo, hasta lo ocurrido el pasado sábado en el Camp Nou, con Alejandro Quintero. Un arbitraje este último que, mirado con lupa, fue una trampa latente que no llegó a activarse.
Quintero, de 32 años, tuvo la osadÃa de permitir que el Celta ganase por 0-2 en el Bernabéu, tras un arbitraje honrado que culminó con tres expulsiones entre los madridistas. Al final del partido, el delegado de árbitros del Real Madrid, MegÃa Dávila (el esposo de Yolanda Parga, la que manipula el arbitraje en la Liga F), se le encaró e increpó en el campo, con los espectadores como testigos.
El sábado, mientras el Mallorca tuvo opciones de ganar o empatar, o sea, hasta el 2-0 (m. 61), obvió, en colaboración con el VAR, un posible penalti por mano de David López, un claro penalti sobre Lamine y dispuso una barrera a 6 metros del balón, en una falta cerca del área del Mallorca. O sea, tres goles potenciales.
El trabajo de Quintero consistió, pues, en mantener viva la llama del empate. Pero los hechos (el 2-0) le hicieron desistir de su empeño, a media hora del final. Si Quintero no estaba aleccionado por el CTA, lo pareció; lo mismo que MartÃnez Munuera cuando, quince dÃas antes, señaló 8 faltas al Barça por 23 al Oviedo y mostró una amarilla a cada equipo. La segunda amarilla del Oviedo fue por pérdida de tiempo, que no con el balón en juego. La cosa no pinta nada bien.

