�lex Remiro fue, sin ningún género de dudas, el jugador del partido en la victoria de la Real Sociedad ante el FC Barcelona. No solo por la cantidad de paradas, ni siquiera por la dificultad de muchas de ellas, sino por el contexto, por el momento personal que atravesaba y por la influencia real que tuvo su actuación en el desarrollo y el desenlace del encuentro. El navarro firmó una noche catedralicia, superlativa, enorme, de esas que marcan una temporada y que reconectan a un futbolista con su mejor versión.
No estaba siendo el mejor curso de Remiro hasta la fecha. Sin cometer errores groseros, sin fallos llamativos que expliquen derrotas de manera directa, el guardameta no estaba siendo determinante. No estaba salvando puntos. No estaba decidiendo partidos como sà lo habÃa hecho en campañas anteriores. Y en un equipo que encaja -y sigue encajando- más goles de los que le gustarÃa, con dificultades evidentes para cerrar el área, defender centros laterales y sostener ventajas, parte del foco habÃa terminado posándose sobre él. De manera justa o injusta, Remiro cargaba con parte de esa sensación de fragilidad defensiva.
Remiro con la Real
Javier Etxezarreta / EFE
Ante el Barcelona, todo cambióYa en la primera mitad, Remiro mantuvo con vida a la Real Sociedad cuando el partido amenazaba con romperse. El Barça fue superior en muchos tramos, acumuló llegadas y encontró espacios. Olmo y Lamine Yamal se toparon una y otra vez con el navarro, que firmó una de sus mejores primeras partes de toda la temporada. Sobrio bajo palos, firme en el blocaje, rápido en la toma de decisiones y muy seguro también en la salida de balón, Remiro transmitió una tranquilidad que se contagió al resto del equipo. No fue solo parar: fue ordenar, mandar y sostener.
Pero si la primera mitad fue notable, la segunda fue directamente un clÃnic de porterÃa. Un recital. Una exhibición de reflejos, colocación y lectura del juego. Nada más arrancar el segundo acto, Dani Olmo volvió a encontrarse con él en una ocasión clarÃsima, después de haberse estrellado previamente con el palo. Minutos después, Remiro sacó una mano durÃsima a un disparo desde la frontal de Lamine Yamal, ajustado, violento, de esos que exigen precisión absoluta.
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Y entonces llegó la parada. La que define una actuación. La que queda grabada en la retina. Lewandowski remató de cabeza a bocajarro, prácticamente dentro del área pequeña, en una acción que era gol en el 90% de los casos. Pero Remiro voló. Voló para sacar el balón con una palomita espectacular, de las que solo están al alcance de muy pocos porteros. Una intervención a la altura de la élite europea. Anoeta explotó. Sus compañeros también. Fue una parada que no solo evitó un gol, sino que cambió el ánimo del estadio y del equipo.
Remiro y Gerard MartÃn Partido Real Sociedad FC Barcelona
Manel Montilla / Propias
En el tanto del Barcelona, Remiro poco pudo hacer. El centro de Lamine y el remate de Rashford llegaron tras un desajuste defensivo claro, sin margen real de intervención. No empañó nada. Al contrario. Porque cuando más apretó el Barça, cuando el partido entró en ese tramo final de sufrimiento extremo, Remiro volvió a aparecer. En los últimos minutos, entre la madera y el propio guardameta salvaron los muebles. Un larguero y varias intervenciones decisivas mantuvieron con vida a una Real que resistió incluso con diez futbolistas sobre el césped.
Fue, sin exagerar, uno de los mejores partidos que se le recuerdan a Remiro en Anoeta. Una actuación completa, madura, dominante. Un regreso al portero que gana puntos, que sostiene proyectos y que ofrece seguridad mental a todo un equipo. Brutal. Monumental. Magistral. Una noche para reencontrarse consigo mismo, para reforzar la confianza y para recordar que, cuando Remiro está a este nivel, la Real Sociedad compite contra cualquiera.

